viernes 20 de noviembre de 2009

Estoy escondida leyendo a la poeta. El jefe me busca, pero yo me subí al mueble más oscuro y no me puede ver. Tengo mucho vértigo y mi libro de poemas. Qué suerte que se desarma porque tengo poco espacio. Qué suerte que tiene letras fosforecentes. Alrededor, un monte de pelusas. Por abajo de los estantes, la librería en sí. Algo me corta el antebrazo: es una plaquette de hierro y oro, de una editorial fundida. Trae un poema horrible calado a fuego que se cae con estruendo y vuelve obvia toda mi situación. Tengo que bajar ya, con mi poeta en la mano. Caigo parada debajo de los spots y me reflejo en la vidriera: soy un bicho de pelusas con un tajo en una pata. Estoy por decir "perdón" cuando un grupo de clientes me captura mientras grita "¡¿qué libro leíste, qué libro fue?!". Toda la tarde vendo el libro de mi poeta hasta agotarlo. La caja se llena de señas, en diez minutos estamos ante un fenómeno turístico también. Los euros, que son más anchos, no entran bien en la caja. Hay un grupo de clientes que no consigue nada y termina tatuándose los teléfonos de la librería en la piel.

sábado 28 de marzo de 2009

No lo puedo creer, eso es humo que pasa por debajo de la puerta, la carta larga y gris de nuestro vecino bobo. No huelo pero veo, mientras escucho el zumbido de la maquinita.
¡No hay oxígeno!, ¡ ay, oxígeno!: me irritan tus extremos.
Uso los músculos para olvidar, subo y bajo las escaleras. Más allá del humo, ella sigue con la depilación.
Duerme fuego... duerme miedo... que zumba la maquinita.
El miedo adormecido es la fuerza de la coqueta.

viernes 13 de febrero de 2009

¿Qué como es? ¡es hermoso! ¡es hermoso, hermoso! ¡Realmente!, mientras que Coso se saca un pez negro de adentro del corpiño y lo tira hacia el cielo y el pez queda de nube, cargado como un anhelo. ¡Que loco lo que veo! ¡me lo quiero tomar todo, hasta el fondo de todo lo que veo!, y Coso prepara un balde de soda con harina, traga y traga, y le queda toda la cara chorreando. Yo me siento lista para los besos de lengua, mientras ella saca la lengua con provecho, la amasa y la gira. ¡Pícara! le tiro. Y Coso abre la mano y echa pimienta al techo.

sábado 13 de septiembre de 2008

Entre los ritmos y los pelos. Entre las drogas y los palios había vínculos. ¿Cuáles? Los voy a buscar en internet, voy a ver en mi biblioteca. Voy a preguntarle a la gente que cuenta anécdotas, y también a los que explican cómo es la cosa. Me pregunto cuán adhesivo será eso que digan, si lo hicieran con papeles y pasta de pegar (antiguo), o con la angustia (actual) o con fragmentos de unos con los otros (no sé); cuánto si fueran pirámides (lindas, caras, trabajosas), o bolsas muy pesadas, con informaciones (oh lalá). O si fueran cosas que migraron de letras de canciones ( si fueran cosas del gustito, y huellas). Que siguen significando cosas a pesar de sus autores, y a veces en contra de las intenciones...más preciadas de sus autores.

lunes 18 de agosto de 2008


9.

Cada vez que prende la tele y está Leticia Brédice le duele la cabeza. Tenemos que sacar las almohadas de la cama y tirarnos en el piso. Cabeza con cabeza, Lu sube los brazos y me revuelve el pelo. Yo le aprieto distintos puntos de la cara. Cierra los ojos, infla la panza, le digo que se imagine el techo. Que se imagine la araña que trajimos del campo, siempre prendida. Tiene más de seis bombitas, es una máquina de encandilar y de consumir electricidad.
¿Se habrá fijado alguna vez que nos vestimos, nos desvestimos, vemos videos y cogemos, todo frunciendo el ceño?
Lu niega que la Brédice tenga algo que ver con su dolor.Me gustaría poder decirle que se picó un diente con caramelos de leche.

domingo 4 de mayo de 2008


1.
Con el pico de sol y el fin del almuerzo, aparecen las ambulancias. Entonces me pongo algodones en las orejas y salgo a la vereda a verlas pasar. Algunas se detienen cerca, se abren, y la calle se llena de médicos. Algunos lanzan quejas, otros cargan con todo.
Me pongo la visera y los sigo con la mirada: los más jóvenes van de a diez, van hacia el Coto. Tienen cuerpos casi gordos y los ojos inflados. Inventaron una sensualidad de grupo, entre comprensiva y gélida. Uno me sonríe al pasar.
Los médicos aman el suspenso, rechazan las dudas y el silencio. Los peores odian los síntomas. El mejor es el que usa la remera de calaveras. De él no espero antídotos, voy a la guardia al mediodía sólo para verlo hambriento. Y sin que me lo pida, me subo a la camilla y me quedo dormida – entonces la verdad brota más rápido. Él llama al restaurant, pule la manija de la puerta, recibe un mss.
2.
Un tipo dice que un libro verdadero tiene el poder de hachar un océano congelado. Yo, sin darme cuenta te regalé un libro venenoso. Un libro verdadero entra con una frase que destroza el juicio. El libro venenoso es una fosa. Una novela, siempre. El protagonista puede ser un escritor, radical y excéntrico, que habla como soñabas hablar cuando tenías 18, y que tiene los libros que a veces vas buscando.
A los tres días de regalarte el libro, empezás a suspenderme las salidas. Me doy cuenta de lo que hice pero ya estás envenenada.
Oigo cómo zumba el bicho raro en tu garganta.

3.
La poesía y la expresión, ¿combinan? La poesía y la ansiedad, definitivamente.
¿En qué momento escribimos un poema largo? Si la felicidad sólo me permite dibujar, bailar o transladarme, en ese estado, como en la sobremesa, no sólo me es imposible esperar cualquier belleza, sino leer. La pintura y las fotos parecen listas para mostrar, la poesía lista para ser leída, pero la poesía para ser oída tiene muchas prerrogativas. Las metáforas no son grandes problemas, la sintaxis pide simplicidad. Repetir nombres y estructuras, hacer listas, que los que escuchan no se pierdan.
Los estados de ánimo van bien con la poesía oral: cae el sol, los nervios se agitan.
El final del día y el malestar combinan desesperadamente. La noche y la luna de verdad combinan. Pero la poesía y la ansiedad son adornos a motor: se cuelgan del cielorraso, crecen, y brillan para angustiarme; si tuviese mucha suerte y mi cuerpo fuera un lago, tal vez, podría reflejarlas.

4.

Me piden un poema femenino. Me imagino uno cruzado por silencios, un poco tensionante y olvidado de sí. Un poema fantasma, una cadena de respiraciones cortitas. Algo raro. Un clavo en la almohada. Una aguja/ brillando/ al borde de una huella/ en la arena. Paranoico: médanos atravesados por agujas, una costurera atravesada, una mujer que hace tiro al blanco. Una mujer altísima tensa su aguja de tejer al máximo en un arco. Cuando la suelta, y la aguja araña y se cae. Heridas en la piel. Es tan posible que la mujer no sepa de tiro al blanco, como que se trate de falta de materiales. Cada objeto tiene su historia, y una aguja de tejer y una flecha tienen pocos puntos en común. Se guardan en recipientes similares, y son amenazantes. Son hijas de la precisión y de las necesidades básicas. Sólo eso. Sacamos la herida en el antebrazo de contexto, y tenemos el motor de las fantasías.

5.
Cuando los precios se elevan, los sentidos se imponen. Escucho el aparato de ultrasonido contra las cucarachas, una aguja cuando cae y los botones del control remoto que se destraban después de hacer zapping. Los minerales del pan y el agua saben a cal, o a cáscara de banana. La gente sigue caminando, pero sus cuerpos se articulan en más lugares. Mientras que todos, como siempre, entran y salen por las puertas de los trenes, yo camino por el microcentro con una pala en la mano. En cada esquina hago saltar la brea y las monedas de cincuenta centavos. Están nuevas, y no significan nada.

6.
La lasagna llega deshecha, es simplemente una mezcla de colores. Los equívocos son la sustancia del delivery, pero de los olvidos y las propinas de dos pesos culpamos a la belleza. De cada tres repartidores, uno es un Adonis. A veces me quedo parada y mareada después de cerrar la puerta, con un billete destruido en la mano. Los Adonis practican algún tipo de sabiduría silenciosa y pícara. Nos resienten: llamamos al restaurant para reclamar nuestro dinero. Lino marca el número y yo hablo con el gerente, que nos pide “la descripción de la lasagna tal como llegó”. Le decimos al gerente espere, y lo ponemos en altavoz: Lino hace garabatos, yo cocino un flan.

7.

B. es de escorpio. Escribe feo, pero habla hermoso. Se excita si algo es claramente tonto: "Me gusta cuando callas" le dijo un tipo mientras tomábamos té en un bar, y se escapó con él. La frase me puso melancólica, cuando todos los argumentos y reproches son imposibles.
B. dice que esto que digo una tontería insoportable, pero que de todos modos lo nuestro no va a poder ser. Y se queda con la new age, una que yo había visto primero.

8.

Cuando mi amiga descubrió que su novio la había engañado escribió su primera canción. El estribillo era pegadizo, y ella tan linda y joven que en pocos días se hizo popular.
Hoy me despierto y sintonizo su tema más dramático en el top 10. Me tiro en la cama, aprieto la almohada y ruedo sobre las sábanas. Fumo boca arriba mientras miro las fotos de las chicas que me gustan, que amplié tamaño poster y pegué en el techo. Largo el humo en forma de corazones… ¿cómo me irá?
Mientras que uno se derrite en una forma lejana, entre fruta tropical y cuadro de Turner, el otro se tensa y resplandece, duro como un dibujito.