
1.
Con el pico de sol y el fin del almuerzo, aparecen las ambulancias. Entonces me pongo algodones en las orejas y salgo a la vereda a verlas pasar. Algunas se detienen cerca, se abren, y la calle se llena de médicos. Algunos lanzan quejas, otros cargan con todo.
Me pongo la visera y los sigo con la mirada: los más jóvenes van de a diez, van hacia el Coto. Tienen cuerpos casi gordos y los ojos inflados. Inventaron una sensualidad de grupo, entre comprensiva y gélida. Uno me sonríe al pasar.
Los médicos aman el suspenso, rechazan las dudas y el silencio. Los peores odian los síntomas. El mejor es el que usa la remera de calaveras. De él no espero antídotos, voy a la guardia al mediodía sólo para verlo hambriento. Y sin que me lo pida, me subo a la camilla y me quedo dormida – entonces la verdad brota más rápido. Él llama al restaurant, pule la manija de la puerta, recibe un mss.





